Hoy se habla de trabajo. Yo también. Lo hago desde un lugar que no siempre se nombra: el de las mujeres migrantes que vivimos, trabajamos y aportamos cada día en Andalucía. Lo escribo como mujer migrante, y también como periodista comprometida en poner sobre la mesa una realidad que necesita ser contada con rigor, con datos y con verdad.

Hoy, en el Día Internacional del Trabajo, se habla de empleo, de derechos, de conquistas. Se felicita, se reconoce, se recuerda lo avanzado. Y en medio de todo eso, hay historias que levantan el mundo sin hacer ruido. Historias que no salen en los titulares, que no se discuten en los debates encendidos, pero que están ahí, cada día, dando forma a hogares, economías y futuros. Así es el trabajo de miles de mujeres migrantes en Andalucía.
No es un discurso. Es una realidad que se respira.
Somos muchas. Estamos en los cuidados, en la hostelería, en el campo, en el emprendimiento, en la limpieza, en la educación de nuestros hijos y también en la de otros. Sacamos adelante vidas mientras reconstruimos las nuestras. Y, sin embargo, durante demasiado tiempo, nuestra aportación ha sido invisibilizada o reducida a estereotipos que no nos representan.
Por eso hoy, más que nunca, necesitamos datos. Necesitamos cifras que respalden lo que ya es evidente en la vida cotidiana. La investigación en marcha de la Asociación Mujer y Poder junto a la Universidad de Córdoba no es solo un estudio académico: es un acto de justicia. Poner números a la contribución de las mujeres migrantes al PIB andaluz es reconocer que no somos una carga, somos motor.
En este contexto, aparecen rostros concretos que dan sentido a esas cifras.
Como Marly Acosta, empresaria venezolana afincada en Córdoba, cuya historia forma parte también de este relato colectivo. Su imagen, tomada durante el rodaje del documental Ellas colaborando por Córdoba, no es solo un archivo: es el reflejo de muchas mujeres que han construido aquí una vida, un proyecto y una aportación real a la sociedad que las acoge.
Historias como la suya dan rostro a lo que a veces se expresa solo en datos. Y recuerdan que detrás de cada porcentaje hay decisiones, esfuerzo y trayectorias que merecen ser reconocidas. El dato no enfría la emoción. La dignifica.
Porque cuando hay cifras, se desmontan relatos interesados. Se cae el prejuicio fácil. Se debilita el discurso que intenta señalar, dividir o sembrar miedo. Frente al bulo, la evidencia. Frente al odio, la verdad.
Pero no se trata solo de economía. Se trata de humanidad.
Cada mujer migrante lleva consigo una historia de valentía. De decisiones difíciles. De renuncias silenciosas. De sueños que no se abandonan, aunque cambien de forma. Trabajamos, sí. Pero también cuidamos, creamos comunidad, generamos riqueza emocional y social. Aportamos cultura, diversidad, nuevas miradas.
Y aun así, a veces, tenemos que demostrar el doble para ser vistas la mitad.
Por eso este momento es importante. Porque estamos empezando a contar nuestra historia con nuestras propias palabras. Sin filtros. Sin permiso. Con la fuerza de quien ya no pide espacio, sino que lo ocupa con dignidad.
Hablar de mujeres migrantes y trabajo no es solo hablar de empleo. Es hablar de reconocimiento. De pertenencia. De justicia social.
Y también es una invitación.
A mirar de otra manera.
A escuchar sin prejuicios.
A entender que detrás de cada cifra hay un rostro, una vida, un esfuerzo.
Yo soy mujer migrante. Y no soy una excepción.
Soy parte de una realidad que transforma, que suma, que construye.
Y hoy, precisamente hoy, en el Día del Trabajo, también es justo que se vea.
Si eres mujer migrante, vives y trabajas en Andalucía, este estudio también es contigo. Entra en el enlace mujermigrante.es y completa la encuesta. Tu voz no solo importa… es necesaria.
Gracias por estar, por aportar, por no rendirte.
Seguimos caminando juntas.
Un fuerte abrazo,
Creadora del proyecto Jornadas Mujeres Migrantes










