Por Joan Pau Rica
Hay una generación a la que le debemos mucho más de lo que estamos dispuestos a reconocer. Es la generación de nuestros jubilados. Hombres y mujeres que conocieron las dificultades de la posguerra, que empezaron a trabajar con apenas catorce o quince años, que se sacrificaron para salir adelante, que estudiaron cuando pudieron, que levantaron hogares con esfuerzo y que hicieron todo lo posible para que sus hijos tuvieran las oportunidades que ellos nunca tuvieron.
No lo tuvimos fácil. Nadie nos regaló nada. Trabajamos durante décadas, y en más de una empresa a la vez, pagamos nuestros impuestos, sostuvimos a nuestras familias y contribuimos a construir el país que hoy disfrutamos. Muchos renunciamos a comodidades, vacaciones y hasta a sueños propios para que nuestros hijos pudieran estudiar una carrera, conseguir un buen empleo y vivir mejor que nosotros.
Y lo conseguimos, Pero ahora, cuando nuestras fuerzas empiezan a fallar: haberlo dado todo no garantiza recibir siquiera un poco de cariño al final de la vida.
Los hijos tienen sus trabajos, y sus propias familias. Pero una cosa es no poder atender a sus mayores todos los días y otra muy distinta es olvidarse de que existen.
¿Tan difícil es llamar por teléfono? ¿Encontrar un rato para visitarlos? ¿Preguntarles cómo están, escuchar sus preocupaciones, acompañarlos a una consulta médica o sentarse a su lado sin mirar constantemente el reloj? ¿En qué momento hemos empezado a considerar que nuestros mayores ya han cumplido su función y que, por tanto, SOBRAN y podemos apartarlos de nuestra vida?
La tragedia consiste en que podemos pasar días enteros esperando una llamada que no llega, o mirando la puerta por si aparece alguien, porque la necesidad es tan simple como la de recibir un abrazo una conversación, una caricia o la presencia de un hijo.
Y cuando la dependencia aumenta, llega el ingreso en una residencia, entonces el problema aparece porque ese ingreso se convierte también en una forma de desaparición familiar: se deja allí al padre o a la madre y se actúa como si la obligación hubiera terminado APARCANDO al anciano/a
Pero nuestros mayores no dejan de ser padres cuando cruzan la puerta de una residencia. Siguen necesitando afecto, compañía, conversación y la certeza de que todavía importan a alguien. No necesitan que sus hijos estén permanentemente a su lado. Necesitan saber que no los han borrado de sus vidas.
Por lo tanto, hemos de recuperar algo elemental: la conciencia de que nuestros mayores son personas, no muebles viejos que se arrinconan cuando dejan de ser útiles.
Llegará un día no muy lejano en que quienes hoy tienen cuarenta, cincuenta o sesenta años también necesitarán ayuda. Entonces descubrirán que la vejez no es una enfermedad vergonzosa ni una molestia que deba esconderse, sino una etapa de la vida a la que todos aspiramos llegar y queremos vivirla rodeados de amor y con la máxima dignidad posible.
Nuestros jubilados no piden que sus hijos les devuelvan los años de sacrificio, ni que les paguen cada renuncia que hicieron por ellos. No pasan una factura por haberlos criado. Piden algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más importante: sentirse queridos, recordados y acompañados.
Porque una pensión puede pagar una residencia, pero no puede comprar el amor de un hijo. Y morir rodeado de profesionales no es lo mismo que morir sintiendo que tu familia sigue estando contigo.
Nuestra sociedad se define por cómo trata a quienes ya no pueden defenderse. Y nuestras familias también. Si después de toda una vida de sacrificios la última recompensa para los ancianos/as es la soledad, quiere decir que no estamos ante el simple hecho de la vejez. Estamos ante el fracaso de la generación de nuestros hijos, y la única esperanza que tenemos es que todavía estamos a tiempo de corregirlo










