Ansiedad, trauma, depresión, narcisismo, estrés o relaciones tóxicas forman ya parte del lenguaje cotidiano. Romper el silencio en torno a la salud mental era necesario. El problema comienza cuando la visibilidad se convierte en banalización y utilizamos palabras complejas para explicar cualquier malestar de nuestra vida diaria.
Queridos lectores:
Nunca habíamos hablado tanto de salud mental.
Está en los informativos, en los podcasts, en las redes sociales, en las conversaciones entre amigos e incluso en el vocabulario de adolescentes que manejan con sorprendente familiaridad términos que hace algunos años apenas aparecían fuera de determinados espacios profesionales.
Eso, en principio, es una buena noticia.
Durante demasiado tiempo la salud mental estuvo rodeada de silencio, prejuicios y vergüenza. Muchas personas aprendieron a ocultar lo que les sucedía porque reconocerlo podía significar ser juzgadas, incomprendidas o etiquetadas.
Pero toda conquista social trae también nuevos desafíos.
Y ahora tenemos uno delante: aprender a diferenciar entre visibilizar y banalizar.
Decimos que alguien “tiene un trauma” porque vivió una situación desagradable. Diagnosticamos a una expareja como “narcisista” desde una publicación de Instagram. Hablamos de “ansiedad” ante cualquier preocupación y utilizamos “depresión” para describir un mal día.
Las palabras importan.
No porque debamos convertir la conversación cotidiana en una consulta médica ni vigilar obsesivamente cada expresión. Importan porque ayudan a construir nuestra manera de comprender la realidad.
Cuando todo es trauma, corremos el riesgo de no entender qué significa realmente vivir uno. Cuando cualquier tristeza se convierte en depresión, podemos terminar trivializando una enfermedad que afecta profundamente la vida de muchas personas. Y cuando utilizamos diagnósticos como insultos, regresamos, sin darnos cuenta, al mismo estigma que supuestamente queremos combatir.
Los medios de comunicación tenemos una responsabilidad particular. Un titular puede ayudar a comprender o puede reforzar un prejuicio. Una entrevista puede devolver humanidad a una historia o reducir a una persona a su diagnóstico.
Un testimonio puede abrir una conversación necesaria o transformarse en material emocional destinado únicamente a generar impacto.
La salud mental necesita visibilidad, pero no cualquier visibilidad.
Este 10 de octubre, Día Mundial de la Salud Mental, debería servirnos también para revisar cómo estamos construyendo ese relato público. Porque escuchar no consiste únicamente en pedir a una persona que cuente su historia delante de una cámara, en una página o en un micrófono.
Escuchar implica preguntarnos qué hacemos después con esa historia.
Cómo la titulamos.
Qué fragmento elegimos.
Qué contexto añadimos.
Qué imagen utilizamos.
Y, sobre todo, si estamos contando a una persona o utilizando a una persona para contar una historia.
Hay otra responsabilidad que tampoco deberíamos ignorar. Las redes sociales han democratizado el acceso a información que antes resultaba mucho más difícil encontrar. Pero también han convertido cuestiones enormemente complejas en vídeos de treinta segundos, listas de cinco síntomas o explicaciones diseñadas para que cualquiera pueda reconocerse inmediatamente en ellas.
La divulgación es necesaria. El autodiagnóstico permanente no lo es.
Entre volver al silencio de otros tiempos y convertir cualquier emoción humana en una patología existe un espacio mucho más sensato: información rigurosa, profesionales cualificados, escucha y respeto por la complejidad.
Quizá por eso el debate que necesitamos este 10 de octubre no sea únicamente cuánto hablamos de salud mental. Deberíamos preguntarnos cómo estamos hablando de ella.
Porque las palabras pueden acompañar, explicar y abrir caminos. Pero también pueden etiquetar, simplificar y hacer daño. Y quienes vivimos de utilizarlas deberíamos ser especialmente conscientes de la diferencia.










