La insatisfacción sexual es una cuestión de bienestar social y de salud pública, y según las encuestas realizadas en torno a ella, conocemos que explorando las tasas de orgasmo, en 25000 encuestas realizadas entre 2015 y 2023, en personas solteras de entre 18 y 100 años, los hombres afirman alcanzar el orgasmo entre el 70 y el 85% de los casos en sus relaciones sexuales, mientras que las mujeres lo logran entre el 46 y el 58 %, lo que denota una acusada diferencia entre los sexos que se identifica como “brecha orgásmica”.
Sin embargo la existencia de esta brecha se corresponde con la utilización como referencia de un modelo construido a partir de la respuesta sexual masculina en la que la penetración es el punto central de la relación sexual, ignorando la existencia del placer femenino o relegándolo a un lugar secundario, dado que la educación sexual postergaba el papel de la mujer a la maternidad y al hogar, priorizando la prevención de embarazos y la elusión de infecciones.
Los sexólogos cifran, la capacidad sexual femenina entre siete y ocho veces por encima de la capacidad orgásmica masculina, o sea, que la brecha orgásmica no es un problema exclusivamente biológico. A este respecto en las encuestas del Ministerio de Sanidad y el CIS, se descubre que el 90% de los hombres se ha masturbado alguna vez, mientras que solo el 70% de las mujeres lo confiesa, lo que confirma la falta de autonomía sexual femenina, ya que la libertad sexual individual empieza por el conocimiento del propio cuerpo y mientras la masturbación sea un tabú esta libertad será limitada.
El coitocentrismo, como práctica, ha llevado a la instalación de un escenario patriarcal que ha impedido el libre y autónomo placer de la mujer limitando su capacidad de disfrutar de su sexualidad desde el placer. El pene se conoce y se describe sin tapujos, pero el clítoris y sus amplias funciones sexuales, principalmente relacionadas con este placer, podríamos decir que todavía permanece muy invisibilizado, de forma que muchas mujeres carecen de herramientas para reconocer qué es lo que les gusta y cuáles son sus límites.
En la década de los sesenta, el matrimonio compuesto por la sexóloga Virginia Jhonson y el ginecólogo William Master, publicaron sus estudios sobre “la respuesta sexual humana” en el que describieron el conocido modelo de cuatro fases (Excitación, Meseta, Orgasmo y Resolución), es decir, describieron la respuesta fisiológica del acto sexual, en donde ya alumbraron que la fase de resolución masculina da paso a una fase refractaria inhábil para la excitación, mientras que en la resolución femenina esta fase es más larga o al menos no tan marcada, dando lugar a la aparición de los llamados picos orgásmicos, u orgasmos múltiples, en los que se hacen presentes factores emocionales como lo son la calidad de la intimidad o ausencia de estrés.
La experiencia erótica por lo tanto tiene un componente cultural en el que intervienen prácticas y conductas como la educación y el contexto social que conducen a que el modelo masculino seguido hasta ahora no debe de poner el punto final del acto sexual en el orgasmo masculino, sino que debe de permitir el paso, a otras fórmulas de sexualidad y placer satisfactorias demandadas por las mujeres en una atención preferente a sus peculiares características sexuales.
También el machismo tiene sus límites y sus presiones respecto al rendimiento, la iniciativa y la capacidad, lo que no se aprende con el uso de los contenidos pornográficos que solo están concebidos para el entretenimiento y no para la educación. La relación sexual tiene que ser libre, como debe de serlo el placer, exigiendo a los hombres readaptar su masculinidad y su forma de vivir la sexualidad en compañía.
La sexualidad humana está, pues, condicionada por numerosos factores emocionales entre los que contamos la ansiedad, el estrés, la imagen, la vergüenza, el temor al rechazo, etc. que presionan tanto al hombre como a la mujer, lo que da la razón a aquellos autores que preconizan que se obtienen mejores resultados en los encuentros reiterados que en las relaciones esporádicas.
La brecha orgásmica, desde este punto de vista, es un problema cultural antes que biológico y la forma de aminorarla se encuentra en la educación sexual, en el conocimiento y en la profundización de las relaciones mutuas, donde el coito y el orgasmo no son el fin, sino tan solo un método más para avanzar en el conocimiento de la pareja y en definitiva la mejor de las herramientas para cultivar la igualdad de los sexos.
Jesús Lobillo Ríos
Presidente del Ateneo Libre de Benalmádena
“benaltertulias.blogspot.com”
Bibliografía
Amanda N y cols.,”The Lifelong Orgam Gap”. Sexual Medicine 2024
McElroy E., Elizabeth E., y cols. The journal of sex research. 2024
William H., Johnson V. ”Respuesta sexual humana”. Ed. Intermédica 1967.
Ministerio de Sanidad. Encuesta Nacional de Salud Sexual 2025










