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    Home»Opinión»Sobre la fabricación de chivos expiatorios y lo que evitamos mirar o afrontar
    Opinión

    Sobre la fabricación de chivos expiatorios y lo que evitamos mirar o afrontar

    RedactoresPor Redactores03.04.2026No hay comentarios7 Minutos de lectura
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    El personaje Thomás More, como jurista y autoridad civil, se alza ante una multitud que ha tomado a los inmigrantes como blanco de su ira. No viene a imponer orden por la fuerza, sino a hacer algo más difícil. (Imagen de ChatGPT Image)
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    Por Ángel Sanz Montes

    Será Teatro, pero hay textos que no envejecen. Señalan una grieta constante en la condición humana, que reaparece cuando las sociedades y los tiempos se tensan; cuando el miedo se organiza desde arriba, y la multitud busca alivio en la forma más antigua de simplificación moral: el señalamiento del otro.
    Hace más de cuatro siglos, en la obra “Sir Thomas More”, atribuido, en parte, a William Shakespeare, se pone en escena exactamente ese momento. El texto no fue representado en su tiempo. Era demasiado incómodo y sedicioso. Aquí reproducimos una versión del texto a partir de la traducción de Jorge Ávalos.

    Discurso sobre el caso de los extranjeros

    CONTEXTO: el personaje Thomás More, como jurista y autoridad civil, se alza ante una multitud que ha tomado a los inmigrantes como blanco de su ira. No viene a imponer orden por la fuerza, sino a hacer algo más difícil.

    —THOMAS MORE:

    Concedamos que sean expulsados, y conceded que vuestra rebelión derribase la majestad del reino.

    Imaginad ahora que triunfáis y veis a los odiados extranjeros; con sus bebés colgando de la espalda y arrastrando el pobre equipaje que aún les queda, para caminar con dolor hacia los puertos y las costas para ser deportados.

    Imaginad, que vosotros, como reyes, os veis en el trono fugaz de los deseos cumplidos, silenciada la autoridad y Justicia por vuestro ruido feroz, que todo lo somete.
    Así vosotros, con el cuello erguido, por ideas, … tan exiguas … tan pobres …

    ¿Qué habéis conseguido?

    Yo os lo digo. Habríais enseñado con mano dura, que la por la fuerza se habrá de regir, que el orden será sofocado a voluntad.

    Pues, por tal modo, os digo que ningún vivirá para ver la edad madura, pues, por igual capricho, otros rufianes, con la misma rudeza y la razón que anheláis ahora, os perseguirán; y según proceder, los hombres, voraces como peces, se devorarán unos a los otros.

    Sí, oprimiréis al extranjero; sí; los mataréis, les cortaréis el cuello; o los expulsaréis; tomaréis sus hogares por botín y rebajaréis la majestad de la Ley; esa frágil justicia,
    arrastrándola atada hacia el desorden; como perro para que dé caza al pobre forastero.

    ¡Ay, ay! —dirá ahora nuestro rey o la autoridad—, clemente con quien se arrepiente; pero si vuestro crimen solo alcanzara la pena del exilio, …

    ¿A qué tierra marcharíais entonces? ¡Pensadlo bien!

    ¿Pues a qué tierra algún día, por la índole misma de vuestro yerro, os daría ella lugar para acogeros? ¡Pensad bien!

    Id a Francia o a Flandes, o id a cualquier provincia de la fértil Alemania, a España o Portugal, y nada más, pues no serán aliados; …  y allí seréis, en toda forma, también extraños.

    Para correr la misma suerte que administrasteis, si la inhumanidad deviene en lógica y costumbre.

    ¿Os gustaría, entonces, hallar una nación de un temperamento tan insensible como el que hoy mostráis, que en su furia atroz no os diera un sitio donde alzar la vida?

    Pues contra vosotros afilarán sus atroces cuchillos homicidas, para apretarlos contra vuestras gargantas.
    Os verán igualmente con desdén, como a los perros, como si no fuerais de Dios criaturas, ni deleites de su Creación;
    o como si el aire mismo, la sal, el agua, la tierra, ninguno fuesen digno de vuestro bien, sino un favor concedido sólo a ellos.

    ¿Qué diríais de ser así tratados? Este es el caso de los extranjeros que hoy despreciáis con ánimo feroz, y esta es la inhumanidad tan agreste que en este día demostráis contra ellos.

    —Este antiguo texto fue creado en otro lenguaje, en otra métrica y oratoria. En cuanto a la versión de Sir Ian McKellen, de las que circulan varias en YouTube (la más famosa es de 2016, para The Guardian); el actor no usa el texto isabelino puro, sino que desde sus propias vivencias, reordena, corta, cambia algún arcaísmo por una frase más directa, pero conservando la estructura y el ritmo, y tono.

    Tanto el original, como esta actualización teatralizada en inglés moderno, o la adaptación del texto en español; el tema no es solo contra el odio hacia el extranjero o los orígenes de la violencia, sino va hacia algo más profundo. A la facilidad con la que cualquiera puede llegar a justificar lo horrendo. Cualquier necio puede odiar, pero se requiere una estupidez metódica para racionalizar lo horrendo de una guerra, o de un sistema entero. El peligro no es un monstruo que venga de fuera, sino la mirada que deja de reconocer la sangre en sus manos una vez que ha llamado “necesidad” o “defensa” a la barbarie, luego de actuar horrendamente. No hace 400 años. ¡Ahora mismo!

    La violencia, en todas sus formas, está siempre en la raíz del problema. La tensión social se gesta y crece hasta que algunos manejan el tumulto. Es en ese punto cuando el personaje de Thomás More —abogado, mediador, encarnando la conciencia pública—, arriesga su posición para intentar algo extraordinariamente difícil: Detener a la multitud. No con fuerza sino con imaginación moral. Les pide que se vean a sí mismos en el espejo de sus actos. Que proyecten las consecuencias. Que entiendan que, al legitimar la violencia, están estableciendo una regla que inevitablemente se volverá contra ellos.

    No es un discurso tranquilizador sino aterrador, al plantear una pregunta que no es del siglo XVI, ni al XVII, ni de ningún pasado remoto: —¿Qué ocurre cuando dejamos de reconocernos unos a otros como humanos? Es muy actual.

    La obra culmina en una inversión deliberada de perspectiva: lo que se legitima contra el extranjero o, quien sea, no es un acto aislado, sino un precedente y acción que tiene un regreso. Si la violencia deja de ser excepción para convertirse en norma, estructura, eso siempre tiene su vuelta. Porque el destino al que se condena al otro es, inevitablemente, el mundo en el que uno mismo terminará viviendo.

    Lo que está en juego viene desde lo profundo.

    • La regla de oro: —“Trata a los demás como quieres ser tratado”.
    • La regla de plata: —“No hagas a otros lo que no querrías que te hicieran”.

    Confucio, los profetas, el Galileo, el estoico, el Buda, Kant, Silo. Todos lo dijeron, de un modo u otro: no hagas a otro lo que no quieras para ti. Esa acción te volverá. Acción y reacción. Pero lo obvio no entra, cuando el miedo organiza nuestra mirada. El miedo es mal consejero.

    Por eso este texto de cuatrocientos años sigue ardiendo.  Estructura o Sistema, por sofisticados que sean sus lazos o su violencia…  Vuelve sobre quien instrumentaliza al otro, o los convierte en algoritmos y vive de ello. Cree tener poder y dominio, pero no escapará al retorno de la acción.  Igual que la inacción vuelve sobre los mansos, en forma de profunda desazón. Lo que sale de la violencia vuelve como el aire que se respiró envenenado. Entonces, ya no hay extranjero. Solo era la excusa para iluminar la escena y sacar alguna enseñanza.

    Este artículo no acusa, ilumina un escenario para que caigamos en cuenta de las consecuencias de nuestros actos. Si caso, claramente pide que no participes de lo que te deja roto por dentro.


    Fuentes:

    • William Shakespeare: «El caso de los extranjeros» (poesía – Shakespeare – traducción de Jorge Ávalos)
    • Sir Ian Mckellen interpreta un texto de hace 400 años, Shakespeare
    • Es importante tener en cuenta un par de detalles que contextualizan la obra y su dispoibilidad:
      • Atribución dudosa: Aunque la obra «Sir Thomas More» se asocia a Shakespeare, las investigaciones actuales indican que fue una colaboración. Se cree que fue escrita principalmente por Anthony Munday y posiblemente Henry Chettle, con contribuciones posteriores de Thomas Dekker y, como se cree, de William Shakespeare. De hecho, Shakespeare habría intervenido únicamente en una revisión de tres páginas del manuscrito, conocidas como «Hand D».
      • Ausencia de una versión canónica en español: No existe una edición canónica única en español de «Sir Thomas More», que esté en dominio público. Las traducciones completas que circulan suelen ser parte de proyectos académicos o personales. Por eso, pare este artículo, la versión en español, citada, de Jorge Ávalos, es la referencia ideal, mientras que para el texto original hay excelentes fuentes en inglés actual, interpretadas por varias voces.

    Ángel Sanz Montes
    Informático. Gestor de proyectos. Lector, paseante, escritor a ratos y fotógrafo ocasional. Residente en Ferrol (España).

    Tomada de Pressenza

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