Las lluvias torrenciales que azotaron recientemente el Mediterráneo occidental —con especial impacto en España, Portugal y el norte de Marruecos— no fueron un episodio aislado ni fruto exclusivo de la variabilidad natural.
Según un nuevo análisis del grupo internacional de científicos World Weather Attribution (WWA), el calentamiento global provocado por la actividad humana incrementó de forma significativa la intensidad de estos fenómenos extremos.
A mediados de enero se encadenó un número inusualmente elevado de borrascas con nombre, acompañadas de vientos huracanados y precipitaciones extraordinarias. El balance fue devastador: más de 50 personas fallecidas, cientos de miles de desplazados y pérdidas económicas de miles de millones de euros en los tres países afectados. Solo en España, el Gobierno aprobó un paquete de ayudas por valor de 7.000 millones de euros, al que se sumaron otros 1.780 millones movilizados por la Junta de Andalucía.
En algunos puntos, la magnitud de las lluvias fue histórica. En Grazalema (Cádiz) cayó en pocos días el equivalente a todo un año de precipitaciones. Durante la borrasca Leonardo, zonas de Marruecos y Portugal registraron acumulados diarios que estadísticamente solo se esperarían una vez cada siglo.
Más lluvia en menos tiempo
Para determinar hasta qué punto el cambio climático influyó en estos episodios, el equipo internacional de WWA realizó un estudio de atribución climática. Analizó la probabilidad y la intensidad de los días más lluviosos en dos grandes regiones: el norte de Portugal y el noroeste de España, por un lado; y el sur de Portugal, el suroeste español y el norte marroquí, por otro.
Los datos observacionales revelan que los días más húmedos son hoy considerablemente más intensos que antes de que el planeta se calentara aproximadamente 1,3 grados respecto a la era preindustrial. En la región sur, las precipitaciones extremas son ahora un 36% más intensas; en la región norte, un 29% más.
Al combinar estas observaciones con modelos climáticos, los investigadores concluyeron que al menos un 11% del aumento de la intensidad en la región norte puede atribuirse directamente a las emisiones de CO₂ derivadas de la quema de combustibles fósiles. En la región sur, aunque los modelos no reprodujeron completamente la tendencia observada, el incremento registrado sobre el terreno apunta igualmente a un patrón coherente con el calentamiento global.
El papel de los ríos atmosféricos
Aunque las aguas próximas a la península ibérica y Marruecos no mostraban temperaturas excepcionalmente elevadas, las tormentas se vieron reforzadas por potentes ríos atmosféricos que transportaron humedad desde una ola de calor marina situada más al oeste, en el Atlántico. Una atmósfera más cálida puede retener más vapor de agua, lo que alimenta precipitaciones más intensas cuando se desencadenan las condiciones adecuadas.
El estudio advierte de que este tipo de lluvias extremas representan una amenaza creciente para infraestructuras, viviendas y zonas urbanas, especialmente aquellas ubicadas en llanuras aluviales o áreas mal adaptadas al riesgo hídrico.
Una advertencia científica clara
Clair Barnes, investigadora asociada en clima extremo y cambio climático del Imperial College de Londres, señala que los aumentos observados en algunas áreas deberían interpretarse como una seria advertencia. “Cuanto más carbono emitimos, mayor es la capacidad de la atmósfera para retener humedad y más peligrosos se vuelven estos episodios invernales”, explica.
En la misma línea, Friederike Otto, profesora de Ciencias del Clima en el mismo centro, subraya que esto es precisamente lo que significa el cambio climático: fenómenos que antes eran manejables se transforman en desastres cada vez más dañinos. A su juicio, cada fracción adicional de grado de calentamiento cuenta, y retrasar la acción solo incrementará la frecuencia y gravedad de las lluvias torrenciales.
Desde el ámbito español, el investigador David García-García, de la Universidad de Alicante, destaca el impacto estructural de estas precipitaciones récord. Que en pocos días caiga el equivalente a un año de lluvia supone una presión enorme sobre el territorio, el suelo y las infraestructuras.
Adaptación y alerta temprana
Los expertos coinciden en que, aunque España, Portugal y Marruecos han mejorado sus sistemas de gestión de emergencias, es imprescindible reforzar y armonizar los sistemas de alerta temprana, así como invertir en capacidades locales y planificación urbana adaptada a un nuevo escenario climático.
Maja Vahlberg, asesora técnica del Centro Climático de la Cruz Roja y la Media Luna Roja, advierte de que las defensas actuales están siendo superadas. La crisis climática no solo intensifica fenómenos meteorológicos, sino que multiplica sus consecuencias sociales y humanitarias.
El mensaje de la comunidad científica es inequívoco: las lluvias extremas ya están cambiando, y lo hacen en un contexto de calentamiento global impulsado por el ser humano. La cuestión ya no es si estos eventos volverán a repetirse, sino con qué intensidad y cuán preparados estaremos para afrontarlos.










