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    Home»Opinión»Las semillas de un renovado Movimiento Humanista: ¿hacia dónde vamos?
    Opinión

    Las semillas de un renovado Movimiento Humanista: ¿hacia dónde vamos?

    RedactoresPor Redactores05.04.2026No hay comentarios12 Minutos de lectura
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    Delhi, India – Tony Robinson

    Entre la herencia y la renovación en un mundo marcado por la violencia, la fragmentación y el agotamiento espiritual.

    Llegado cierto punto, todo movimiento debe hacerse una pregunta difícil: ¿sigue existiendo como una fuerza viva en la historia, o se ha convertido, poco a poco, en la memoria de su propia inspiración?

    Para quienes han sido formados, directa o indirectamente, por Silo, esa pregunta ya no puede aplazarse. El mundo no se ha acercado a la superación de la violencia. Al contrario, la violencia se ha vuelto más normalizada, más difusa, más mediada tecnológicamente y más profundamente incrustada en las estructuras económicas y políticas que organizan la vida cotidiana. Seguimos generando riqueza sin sentido, información sin sabiduría y poder sin dirección. Al mismo tiempo, la propia Tierra está siendo empujada hacia el agotamiento por una civilización cuyo principio organizador es la acumulación y no la humanización.

    Y, sin embargo, la necesidad que dio origen al Movimiento Humanista no ha desaparecido. Si acaso, se ha vuelto más urgente.

    La doble exigencia original

    El impulso original nunca fue meramente político ni meramente espiritual. Fue un intento de unir la transformación personal y la transformación social en un solo proyecto. Comprendía que ningún cambio duradero podía provenir únicamente de una reestructuración externa si el ser humano seguía internamente dividido, violento, temeroso y alienado. Pero comprendía también que un trabajo interior desligado de la historia, desligado de la injusticia y desligado del sufrimiento de los demás se volvería estéril, replegado sobre sí mismo y, en última instancia, cómplice del mundo tal como es.

    Esa doble exigencia sigue siendo decisiva. Puede que sea una de las aportaciones más valiosas del movimiento: la insistencia en que el ser humano debe transformarse tanto interiormente como exteriormente, y en que ninguna de esas dos dimensiones puede abandonarse sin falsear el conjunto.

    Por esa razón, sería demasiado simple decir que el movimiento ha fracasado. Tal vez sea más exacto decir que, al momento de escribir estas líneas, no ha conseguido convertirse en una respuesta histórica lo bastante fuerte ante la crisis de la civilización. Pero eso no es lo mismo que decir que sus verdades fueran falsas, o que las semillas que arrojó al mundo no hayan germinado.

    Lo que ya se puso en marcha

    Lo que ya se ha puesto en marcha puede ser más significativo de lo que a veces se reconoce. La labor inspirada por Silo condujo a la formación de alrededor de 3.000 Maestros en cuatro disciplinas diferentes, todas ellas orientadas a abrir el acceso a los estados profundos e inspirados de conciencia y a una creencia en la inmortalidad y a la certeza de la trascendencia. También llevó al establecimiento de alrededor de 50 Parques de Estudio y Reflexión en todo el mundo, con Punta de Vacas, en Argentina, como hogar espiritual.

    No se trata de un legado menor. Significa que el movimiento no dejó atrás únicamente libros, recuerdos o sentimiento. Dejó prácticas, personas formadas y lugares. Dejó un cuerpo, por parcial que sea, a través del cual todavía podría nacer un nuevo momento histórico.

    La cuestión, entonces, no es si hay algo desde lo cual construir. La cuestión es si lo que ya existe puede volver a hacerse históricamente fértil.

    Eso depende, ante todo, de negarse a confundir herencia con renovación. Preservar una enseñanza, un método, una disciplina o un lugar sagrado ya es algo importante. Pero la preservación, por sí sola, no genera un movimiento. La renovación comienza cuando lo recibido se vuelve transmisible a nuevas generaciones en un lenguaje que puedan comprender, mediante prácticas en las que puedan entrar y en relación con las crisis concretas de su tiempo.

    El verdadero problema es la transmisión

    Esto significa plantear algunas preguntas incómodas pero necesarias. ¿Puede un joven sin ninguna conexión previa con el movimiento encontrarse con él y comprender, rápida y claramente, para qué existe? ¿Pueden presentarse las disciplinas como métodos vivos y no como logros esotéricos? ¿Pueden los Parques convertirse en centros generativos de práctica, diálogo, servicio y reconciliación en lugar de ser sobre todo lugares de peregrinación para los ya convencidos? ¿Puede el núcleo formado actuar no como custodio de un pasado concluido, sino como servidor de un futuro posible?

    Estas preguntas son decisivas porque el problema central no es la ausencia de inspiración. Es el problema de la transmisión.

    Las sociedades modernas son profundamente distintas de aquellas en las que tomaron forma muchos movimientos anteriores. La atención está fragmentada. La confianza institucional está rota. La vida económica agota a la gente. El sentimiento político queda a menudo reducido al espectáculo. Muchos tienen hambre espiritual, pero desconfían de la autoridad; están moralmente concernidos, pero no logran sostener la acción colectiva; están conectados digitalmente, pero socialmente aislados. Un renovado Movimiento Humanista no puede simplemente repetir formas antiguas y esperar que el presente las reciba. Debe aprender a hacerse legible dentro de un mundo marcado por la distracción, la fatiga, la soledad, la ansiedad ecológica y la normalización de la violencia.

    Eso no significa abandonar la profundidad. Al contrario, la profundidad es precisamente lo que falta en el presente. Pero la profundidad debe unirse a la accesibilidad, y la inspiración a la forma.

    Formas pequeñas, densidad real

    Si la renovación ha de llegar, probablemente no comenzará mediante grandes declaraciones ni grandes movilizaciones públicas. Comenzará en formas más pequeñas y densas: círculos de práctica, reflexión y apoyo mutuo; espacios en los que el trabajo interior y el compromiso social se enlacen conscientemente; comunidades que formen a las personas no sólo para comprender intelectualmente la no violencia, sino para encarnarla en las relaciones, en el trabajo, en el conflicto y en la acción pública.

    Esto puede parecer modesto frente a la crisis planetaria. Pero casi todo lo duradero comienza en formas que parecen demasiado pequeñas para la época.

    Un movimiento renovado necesitaría también un centro moral que pudiera expresarse de manera simple y sin jerga: que la vida humana es sagrada; que la violencia debe ser superada en todas sus formas; que la Tierra debe ser humanizada y no explotada; y que la transformación personal y social son inseparables. Si estas verdades no pueden decirse con claridad, no pueden viajar. Y si no pueden viajar, no pueden convertirse en fuerza histórica.

    Pero la claridad de propósito por sí sola no basta. El movimiento debe aprender también de los fracasos que acompañan a todo esfuerzo espiritual, ético y político en la historia. Una de las tragedias permanentes de la experiencia humana es que las instituciones formadas en torno a la liberación son capturadas repetidamente por el prestigio, el ego, la jerarquía oculta, el interés económico y el deseo de control. Ningún movimiento está exento de este peligro.

    Por lo tanto, un renovado Movimiento Humanista necesitaría estructuras diseñadas conscientemente para resistirlo: transparencia en torno al dinero, rotación de responsabilidades, liderazgo distribuido, protección frente a la dependencia de individuos excepcionales y una insistencia cultural en que toda profundidad de experiencia o logro sólo tiene valor en la medida en que se pone al servicio de los demás.

    La cuestión para los Maestros

    Aquí la cuestión para los Maestros cobra especial importancia. Si la maestría se entiende como culminación, como una especie de condición alcanzada, el movimiento tenderá al repliegue. Se convertirá en un círculo de quienes saben, recuerdan o han alcanzado algo. Pero si la maestría se entiende como servicio, como la responsabilidad de acompañar, despertar, formar y transmitir, entonces los Maestros que permanecen podrían convertirse en el núcleo de la renovación.

    En ese caso, lo acumulado no sería un capital simbólico, sino una reserva de experiencia vivida que puede ponerse a disposición de un nuevo momento histórico.

    Lo mismo puede decirse de los Parques. En un mundo desarraigado, los lugares importan. Un Parque de Estudio y Reflexión no es simplemente un sitio bello o significativo. Puede convertirse en un contra-sitio (*)  frente a la civilización dominante: un lugar en el que se encarne otro ritmo, otra escala, otra imagen del ser humano. Un lugar donde el silencio no sea vacío, donde la reflexión no sea retirada, donde la reconciliación no sea debilidad y donde el estudio no sea acumulación de información, sino un método de profundización de la conciencia.

    Si se los utiliza bien, los Parques no son retiradas de la historia. Son laboratorios de otro futuro posible. Pero, precisamente por eso, no pueden seguir siendo sólo destinos de peregrinación para los ya convencidos. Deben convertirse en lugares desde los cuales la acción humanizadora regrese al mundo.

    Las disciplinas y la crisis del sentido

    Asimismo, las cuatro disciplinas pueden ser uno de los mayores dones del movimiento. Si realmente permiten acceder a estados profundos e inspirados de conciencia, y si realmente abren a la certeza de la trascendencia, entonces responden a una de las crisis más profundas de la época presente: el nihilismo.

    Vivimos en un tiempo en el que muchas personas están intelectualmente sobreestimuladas y espiritualmente desnutridas. Tienen información, pero no centro de gravedad. Tienen estímulos, pero no sentido. Tienen identidades, pero no centro interior. Un movimiento que pueda ofrecer no sólo análisis, sino experiencia; no sólo crítica, sino acceso a la dimensión sagrada de la existencia, puede poseer algo de inmensa importancia histórica.

    Y, sin embargo, aquí también el desafío es decisivo. La experiencia espiritual por sí sola no crea movimiento. Muchas tradiciones poseen métodos genuinos de profundidad y, sin embargo, siguen siendo marginales porque no logran conectar esas experiencias con una ética, una forma social y una misión histórica a la que las personas corrientes puedan acceder. La cuestión no es sólo si las disciplinas funcionan. La cuestión es si los frutos de esas disciplinas pueden convertirse en cultura: si pueden moldear maneras de hablar, actuar, organizar, cuidar, educar y luchar; si pueden nutrir a las personas no sólo en momentos excepcionales, sino en la vida cotidiana.

    Por eso sigue siendo tan central la necesidad de unir la transformación interior y exterior. Si el movimiento se redujera a la búsqueda de estados inspirados, traicionaría una mitad de su verdad original. Si se redujera al activismo o a la doctrina sin una profunda base interior, traicionaría la otra mitad. Toda la apuesta del Movimiento Humanista fue que estas dos dimensiones podían y debían converger. Esa apuesta sigue siendo una de las cosas más importantes que tiene para ofrecer.

    ¿Debemos esperar a otro místico?

    ¿Debemos esperar, entonces, a otro místico inspirado que señale el camino?

    Es posible que figuras singulares desempeñen siempre un papel en la apertura de nuevos momentos históricos. La historia humana está llena de tales figuras, y no debe desestimarse el poder de la conciencia inspirada cuando aparece encarnada en una persona. Pero un movimiento maduro no puede depender de esperar pasivamente la salvación bajo la forma de otro fundador. Si lo ya recibido no puede ser encarnado, transmitido, profundizado y reactivado históricamente por seres humanos corrientes, entonces el movimiento todavía no ha resuelto el problema de su propia continuidad.

    Lo que ahora se necesita quizá no sea otro revelador único, sino un despertar distribuido: muchas personas, en muchos lugares, llevando adelante un centro común con coherencia, humildad y perseverancia. No la desaparición de la inspiración, sino su difusión. No la abolición del liderazgo, sino su transformación en servicio. No la repetición de un momento fundacional, sino el descubrimiento de cómo una verdad fundacional puede generar nuevas formas sin dejar de ser ella misma.

    Ésta puede ser la verdadera tarea que tienen ante sí quienes siguen vinculados, de un modo u otro, al siloísmo: no preservar cenizas, sino proteger y transmitir fuego. No preguntarse con nostalgia si el pasado puede volver, sino preguntarse si las semillas ya sembradas pueden encontrar un nuevo suelo en la actual crisis de la humanidad.

    ¿Un remanente o un comienzo?

    El mundo no padece por falta de información. Padece por falta de dirección, por falta de sentido y por falta de formas capaces de resistir la violencia sin volverse violentas ellas mismas. En un mundo así, incluso un núcleo pequeño pero real de práctica humanizadora puede importar inmensamente.

    Tal vez, entonces, ésta sea la pregunta que deberíamos hacernos ahora: no si el Movimiento Humanista ha fracasado, sino si las semillas que plantó —las disciplinas, los Parques, los Maestros, la memoria viva de una transformación personal y social simultánea— pueden convertirse en el punto de partida de un nuevo ciclo.

    Si pueden, entonces lo que ahora aparece a muchos como un remanente podría revelarse todavía como un comienzo.

    Y si no pueden, no será porque la necesidad haya desaparecido, ni porque el ser humano ya no anhele reconciliación, sentido, trascendencia y un mundo verdaderamente humano. Será porque quienes heredaron un fuego no encontraron el modo de ponerlo, una vez más, al servicio del ser humano.


    (*) El autor facilita su propia traducción al español y usa un neologismo: «contra-sitio» («contra-lugar»). El original en inglés, … «It can become a counter-site to the dominant civilisation.» Traducido al sentir y funcionar de una lengua tan etimológica como lo es el español, y muy reacia al neologismo, con todo puede entenderse perfectamente. No obstante, «contra-sitio/counter-site» equivale a: un lugar fuera de la lógica de la civilización imperante, desde donde uno pueda contemplar, sentir, transformar y volver. El guion indica que es una creación voluntaria del autor de un término nuevo.

    Tony Robinson
    Activista del Movimiento Humanista, ex-Director de la Organización para el Tratado del Oriente Medio (METO por sus siglas en inglés) y miembro del comité de coordinación de Abolición 2000 – Red Global para la Eliminación de las Armas Nucleares, autor del libro «Café con Silo y la búsqueda del sentido de la vida» y productor de la película «El principio del fin de las armas nucleares».

    Tomado de Pressenza  –  Sigue nuestras noticias

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